por Adrian Alcántara
Después de alrededor de tres años sin publicar nada en este espacio, solamente la partida de un hombre de la magnitud de don Gustavo Pereyra podía hacerme volver a escribir.
Cuando pensamos en el Rey Salomón, no debemos pensar únicamente en sus riquezas materiales, sino en la sabiduría que pidió a Dios y en aquello que dio verdadero sentido a su grandeza.
Don Gustavo no tuvo corona ni vivió en un palacio, pero fue uno de los hombres más ricos que conoció Padre Las Casas. Su riqueza fue su familia, su trabajo, su honradez, su dignidad, su capacidad para crear y el legado que fue construyendo durante toda su vida.
También fue el hombre más fuerte de nuestro pueblo. No hablo solamente de la fuerza física que necesitó para trabajar con sus manos, reparar todo cuanto llegaba hasta él, construir casas y transformar una motocicleta en el triciclo que le permitió desplazarse. Hablo, sobre todo, de su fortaleza de espíritu: la fortaleza del emprendedor, del luchador, del hombre que cuidaba de los suyos, del padre de familia y del ser humano que nunca permitió que una limitación física debido a la poliomielitis definiera hasta dónde podía llegar.
Fue un hombre que supo reivindicarse en cada etapa de su vida.
Don Gustavo fue también un ícono de la cultura de Padre Las Casas. Como promotor e impulsor del Cine Teatro Cecilia, llevó a nuestro pueblo aquella ventana maravillosa hacia el mundo que fue el cine durante los años setenta. En una época en la que era el único lugar donde podíamos ver una película, él no se conformó con mantenerlo abierto: también llevó el cine a campos y pueblos aledaños.
Fue mecánico, constructor, emprendedor y promotor cultural.
Pero su obra más importante fue su familia. Crió a sus hijos con trabajo, honradez y dignidad, y pudo verlos convertirse en hombres y mujeres de bien, algunos de ellos profesionales de la medicina. Esa fue su mayor fortuna.
Su limitación física no lo hizo un hombre pequeño. Por el contrario, reveló la inmensidad del hombre que llevaba dentro. Muchos hombres y mujeres, aun contando con todas nuestras capacidades físicas, no seríamos capaces de hacer juntos todo cuanto hizo don Gustavo a lo largo de su vida.
Y ese es el mensaje que su historia debe dejarles a las presentes y futuras generaciones de Padre Las Casas, de la sociedad dominicana y del mundo.
Todo cuanto construyó tuvo detrás esfuerzo, sacrificio, ingenio y trabajo. Su fortuna no fue la apariencia. Su fortuna fue una familia levantada con dignidad, un nombre limpio y una vida que hoy puede mostrarse como ejemplo ante todo un pueblo.
Padre Las Casas pierde físicamente a uno de sus mejores hijos. Yo me atrevería a decir que pierde al hombre más fuerte y más rico que ha dado nuestro pueblo. Rico en valores. Rico en principios. Rico en trabajo. Rico en familia. Rico en dignidad.
Esa es la riqueza que ninguna muerte puede llevarse.
A sus hijos y a toda su familia, expreso mis más sentidas condolencias. Que, en medio de este profundo dolor, encuentren consuelo y fortaleza en la certeza de que don Gustavo no se marcha por completo: permanece en ustedes, en la obra de sus manos, en la honra de su nombre y en la memoria agradecida de todo un pueblo.
Don Gustavo, lo admiré desde niño y lo respeté durante toda mi vida. Hoy, profundamente afligido por su partida, inclino mi corazón ante su memoria y le rindo el homenaje más sincero que pueden ofrecer mis palabras. Haberlo conocido fue un privilegio; recordarlo y señalar su ejemplo será siempre para mí un deber de gratitud.
Que Dios lo abrace en la eternidad y que los infinitos rayos de sol que el día de hoy iluminaron el camino hacia su sepulcro tambien los hayan guiado por la ruta hacia la gloria del Señor.
Paz a su alma.
