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PRM pacta su dirección y manda una señal de unidad hacia 2028

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Opinión

Sandy Báez


Por Sandy Báez, politólogo y consultor

La política dominicana enseña que ganar unas elecciones es difícil, pero administrar el poder y organizar una sucesión sin fracturarse puede ser todavía más complicado.

En ese sentido, la nueva conformación de la dirección del Partido Revolucionario Moderno (PRM), con Luis Abinader en la presidencia, Juan Garrigó Mejía en la Secretaría General, Gloria Reyes en Organización y Deligne Ascención como primer vicepresidente, debe ser leída más allá de los nombres y de la distribución de posiciones.

El mensaje político parece evidente: el PRM está intentando ordenar la casa antes de que comience formalmente la batalla por 2028.

Y no es un asunto menor.

Una fórmula que ya les funcionó

El PRM tiene memoria política.

Antes de conquistar el poder en 2020, Hipólito Mejía y Luis Abinader entendieron que el partido necesitaba una conducción capaz de equilibrar fuerzas y reducir las tensiones internas.

 La fórmula encabezada entonces por José Ignacio Paliza y Carolina Mejía ayudó a organizar la estructura partidaria y, sobre todo, a concentrar las energías en un objetivo común: sacar al Partido de la Liberación Dominicana del poder.

La estrategia funcionó.

El PRM llegó al Gobierno en 2020 y volvió a ganar en 2024. Pero ahora enfrenta una situación completamente diferente.

Ya no se trata de construir una candidatura opositora. Se trata de administrar el poder, preservar la unidad y preparar una sucesión presidencial en un partido donde inevitablemente crecerán las aspiraciones.

El verdadero problema comienza ahora

Mientras el PRM estaba en oposición, muchas diferencias podían ser subordinadas al objetivo de llegar al Gobierno.

Ahora cada sector tiene algo que perder y mucho que ganar.

Los liderazgos con aspiraciones presidenciales comenzarán a medir fuerzas, los grupos internos buscarán aumentar su influencia y las estructuras territoriales adquirirán mayor importancia. En algún momento, la competencia dejará de ser una posibilidad futura para convertirse en una realidad política.

Y ahí estará el verdadero examen del PRM.

Ponerse de acuerdo para elegir una dirección partidaria es una cosa. Ponerse de acuerdo cuando estén sobre la mesa las candidaturas presidenciales, senatoriales, de diputados, alcaldes y directores municipales será otra completamente distinta.

Por eso, el actual acuerdo puede verse como un primer ensayo de algo mucho más grande: la capacidad del PRM para administrar sus propias contradicciones sin convertirse en víctima de ellas.

Competencia sí, división no

Todo partido democrático necesita competencia interna. El problema aparece cuando esa competencia se transforma en una guerra entre grupos.

El PRM tendrá que construir un mecanismo en el que los dirigentes puedan aspirar, competir y defender sus proyectos, pero aceptando una regla fundamental: quien pierda la candidatura no puede convertirse en enemigo del partido.

Ese será uno de los grandes desafíos rumbo a 2028.

La unidad no significa ausencia de diferencias. Significa tener la capacidad institucional y política para procesarlas.

Si el PRM consigue establecer reglas claras, garantizar equidad en la competencia y evitar que las aspiraciones particulares destruyan los vínculos internos, estará en mejores condiciones para enfrentar el próximo proceso electoral.

Si ocurre lo contrario, la lucha por la sucesión podría convertirse en su principal amenaza.

Abinader y el desafío de su legado

En todo este proceso, Luis Abinader tendrá un papel central.

Su situación es particular. Al no poder buscar una nueva repostulación presidencial, deberá ejercer un liderazgo diferente al que ha ejercido durante su trayectoria electoral.

Ya no estará construyendo su propia candidatura.

Estará, inevitablemente, ante la responsabilidad histórica de contribuir a construir la candidatura que represente la continuidad del proyecto político que encabezó.

Ahí estará una parte importante de su legado dentro del PRM.

Abinader tendrá que actuar como presidente del partido, pero también como una figura capaz de garantizar que las diferentes aspiraciones puedan competir dentro de un terreno razonablemente equilibrado.

Si logra conducir ese proceso sin favorecer una fractura y sin permitir que las ambiciones personales se impongan sobre la organización, habrá contribuido a consolidar al PRM como una estructura política con capacidad de trascender a un liderazgo individual.

2028 ya comenzó

Aunque todavía falta tiempo para las elecciones, políticamente 2028 ya comenzó.

Las decisiones que se tomen hoy determinarán buena parte del escenario de mañana.

La nueva dirección del PRM puede ser interpretada, precisamente, como una señal de que la organización ha entendido esa realidad.

Primero hay que garantizar la estabilidad interna. Después vendrá la organización de las aspiraciones. Y finalmente llegará el momento de escoger las candidaturas.

El orden de esos pasos será determinante.

Porque el principal adversario del PRM rumbo a 2028 no necesariamente estará fuera del partido. Puede estar dentro, si la competencia interna no es administrada con inteligencia.

El PRM ya demostró que sabe unirse para llegar al poder.

Ahora tendrá que demostrar algo todavía más difícil: que sabe mantenerse unido mientras decide quién debe continuar el proyecto después de Luis Abinader.

Esa será, probablemente, la verdadera batalla de 2028.

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