Por Sandy Báez
Ejercer el periodismo y, al mismo tiempo, participar activamente en la política representa uno de los mayores desafíos para quienes han decidido transitar ambos caminos. Son dos actividades que pueden complementarse, pero que también generan cuestionamientos, críticas y exigencias particulares. El comunicador está llamado a informar, investigar y servir de puente entre la sociedad y quienes toman decisiones; mientras que el político participa directamente en esas decisiones y defiende posiciones, propuestas e intereses colectivos.
Cuando una persona decide asumir ambos roles, debe enfrentar una realidad compleja: la sociedad puede cuestionar su independencia periodística y, al mismo tiempo, sus compañeros de actividad política pueden exigirle una posición más partidaria. En muchas ocasiones, cualquier comentario, noticia o crítica puede ser interpretado desde el punto de vista político, aunque haya sido realizado con criterios estrictamente profesionales.
Uno de los principales retos consiste en preservar la credibilidad. El comunicador que entra a la política debe comprender que su trayectoria periodística no desaparece, pero tampoco puede pretender que su participación política no tenga consecuencias sobre la percepción que los ciudadanos tienen de su trabajo. Por eso, la transparencia, la responsabilidad y la separación clara entre opinión política e información periodística resultan fundamentales.
También existe una presión adicional: el comunicador-político puede ser observado con mayor rigurosidad por sus colegas, adversarios y por la ciudadanía. Una información favorable a un sector puede ser considerada propaganda, mientras que una crítica puede ser interpretada como una traición política. En ese escenario, mantener el equilibrio requiere carácter, preparación y una profunda convicción ética.
Sin embargo, ejercer la política después de años en la comunicación también puede aportar grandes ventajas. El conocimiento de las comunidades, el contacto permanente con la ciudadanía, la capacidad de escuchar y la experiencia para comunicar problemas sociales permiten comprender mejor las necesidades de la población. Un comunicador que entra a la política puede llevar consigo una herramienta poderosa: la capacidad de convertir las demandas de la gente en propuestas y acciones concretas.
La política, además, permite pasar de la denuncia a la solución. Desde los medios de comunicación se pueden visibilizar las necesidades de una comunidad; desde una posición política se tiene la posibilidad de gestionar, proponer y buscar respuestas institucionales. Pero ese cambio de escenario exige entender que ya no basta con informar sobre los problemas: también hay que asumir responsabilidades frente a ellos.
El mayor desafío, por tanto, no necesariamente está en ser comunicador y político al mismo tiempo, sino en saber cuándo se está ejerciendo cada función. La ética debe convertirse en la línea que marque la diferencia. Informar con responsabilidad, reconocer los conflictos de intereses, evitar utilizar los espacios periodísticos exclusivamente para favorecer intereses políticos y respetar las opiniones diferentes son prácticas indispensables para conservar la confianza pública.
En sociedades democráticas, la comunicación y la política tienen una relación inevitable. Ambas influyen en la formación de la opinión pública y en la manera en que los ciudadanos entienden la realidad. Por eso, quienes participan en los dos ámbitos tienen una responsabilidad todavía mayor.
Ser comunicador y ejercer la política no es una tarea sencilla. Significa vivir constantemente entre la exigencia de informar y la necesidad de tomar posiciones. Significa aceptar que habrá críticas desde ambos lados y que, en ocasiones, será difícil convencer a todos.
Pero también puede convertirse en una oportunidad para demostrar que la experiencia comunicacional puede ponerse al servicio de la sociedad. La clave está en no perder los principios, entender las responsabilidades de cada rol y recordar que, por encima de cualquier partido, cargo o proyecto personal, está el compromiso con la verdad, la comunidad y el bien común.
Al final, la política puede cambiar la posición desde la cual se sirve a la sociedad, pero no debería cambiar los valores con los que se decidió servirla.
