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Estudiar demasiado para ser rechazado: El muro de los 40 en República Dominicana.

Por José Santa

A mis 49 años, con postgrados y certificaciones internacionales, me encuentro atrapado en el limbo de la exclusión: muy preparado para los algoritmos de empleo y sin el "amigo político" que exige el Estado.

¿De qué sirve quemarse las pestañas estudiando maestrías, diplomados y certificaciones internacionales si al cumplir los 49 años las empresas deciden que ya no existes para el mercado laboral?   

 Esta pregunta no la hago desde la teoría de los libros de sociología; la hago desde mi propia piel. Mañana se celebra en nuestro país el Día Nacional del Envejeciente y, paradójicamente, miles de dominicanos que ni siquiera hemos llegado a la tercera edad ya estamos viviendo un retiro forzado, invisible y violento.

Como profesional del Trabajo Social, he dedicado mi vida a entender las dinámicas humanas, a buscar soluciones para la vulnerabilidad de otros y a creer en el desarrollo social. Sin embargo, hoy soy yo quien se encuentra atrapado en una vulnerabilidad que el sistema se niega a reconocer: la discriminación laboral por razones de edad.

Una realidad que se disfraza en los anuncios

Cuando una persona de mi edad inicia la búsqueda de empleo, se topa con un muro invisible pero implacable.

 Basta con abrir cualquier portal digital o red social para notar un patrón constante. Los anuncios de empleo lo dicen sin filtros, con una ligereza que asusta: "Se busca profesional, edad máxima: 30 años".

Es una contradicción que desgarra. Por un lado, la Constitución de la República Dominicana, en su Artículo 39, prohíbe de forma tajante la discriminación y garantiza el derecho a la igualdad. 

Por el otro, el Principio VII del Código de Trabajo establece que nadie puede ser excluido por sus años. Pero en la práctica, las oficinas de gestión humana aplican una regla no escrita donde cumplir 40 años equivale a tener un sello de caducidad. 

Se asume que la innovación o la capacidad de trabajo pertenecen solo a los jóvenes, desechando la madurez y la estabilidad que solo dan los años de experiencia.

 La anécdota: Entre el filtro de la edad y el compadrazgo político.

Esta exclusión no solo ocurre en el sector privado; el sector público padece de un mal igual de crudo: el clientelismo político.

 Hace poco, tras haber enviado decenas de currículums por vías digitales sin recibir una sola respuesta, decidí ir físicamente a una institución pública. Llevaba bajo el brazo mi expediente, una carpeta que resume años de sacrificios, postgrados y avales internacionales.

Mientras esperaba, una persona del área de reclutamiento se me acercó. Miró mi perfil, luego me miró a mí y, con una mezcla de lástima y realismo, me susurró una frase que me golpeó el rostro: “Para entrar aquí, te sugiero que busques un amigo político que te recomiende”.

En ese instante entendí la magnitud del problema. Las decisiones de contratación en nuestro aparato estatal no siempre se toman bajo criterios técnicos, científicos o de mérito profesional. Están permeadas por la política partidaria.

 El talento acumulado y la vocación de servicio de un trabajador social se vuelven irrelevantes si no se cuenta con el "padrino" de turno. El mérito académico es sustituido por el carnet de un partido.

Un golpe a la economía y a la dignidad humana.

Esta doble barrera, el rechazo por la edad y la exigencia del favor político está provocando un daño enorme al país. Según datos del último censo analizados por el Consejo Nacional de la Persona Envejeciente (CONAPE) y la CEPAL, la población dominicana está envejeciendo rápidamente. 

Hoy, el 13.2% de los ciudadanos tiene más de 60 años, y para el 2050 seremos un país con muchísimos más adultos mayores.

Bloquear a profesionales de 45 o 49 años en la plenitud de sus capacidades intelectuales es un sinsentido económico. 

Nos obligan a salir del sistema contributivo de salud y de pensiones antes de tiempo. ¿Cómo pretende el Estado que sostengamos a nuestras familias si las empresas nos cierran las puertas y las instituciones públicas exigen un peaje político?

 Mañana no quiero discursos

Mañana las redes sociales y los periódicos se llenarán de elogios hacia los adultos mayores. 

Pero la verdadera dignidad no se demuestra con un poema un día al año; se demuestra garantizando el derecho a ganarse el pan con el sudor de la frente.

Como trabajador social, sé que un país no progresa descartando a sus profesionales preparados ni repartiendo los puestos públicos como botines políticos. Escribo esto para que mi historia deje de ser una estadística silenciosa. 

Es hora de romper el mito de que después de los 40 ya no somos útiles. La experiencia, el conocimiento y la preparación no tienen fecha de vencimiento, y la dignidad de un trabajador nunca debería depender de una recomendación política.

 José Santa: Profesional del Trabajo Social y las Ciencias Sociales, con titulación de maestría y postgrados internacionales. Dedica su ejercicio al análisis de las dinámicas laborales, la equidad social y la defensa de los derechos ciudadanos en la República Dominicana.

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